LA ENFERMEDAD DEL TIEMPO

Falleció César, fortunado y fuerte;

ignoran la piedad y el escarmiento

señas de su glorioso monumento:

porque también para el sepulcro hay muerte.

Muere la vida, y de la misma suerte

muere el entierro rico y opulento;

la hora, con oculto movimiento,

aun calla el grito que la fama vierte.

Devanan sol y luna, noche y día,

del mundo la robusta vida, y lloras

las advertencias que la edad te envía!

Risueña enfermedad son las auroras;

lima de la salud es su alegría:

Licas, sepultureros son las horas.

Vivir es caminar breve jornada,

y muerte viva es, Lico, nuestra vida,

ayer al frágil cuerpo amanecida,

cada instante en el cuerpo sepultada.

Nada que, siendo, es poco, y será nada

en poco tiempo, que ambiciosa olvida;

pues, de la vanidad mal persuadida,

anhela duración, tierra animada.

Llevada de engañoso pensamiento

y de esperanza burladora y ciega,

tropezará en el mismo monumento.

Como el que, divertido, el mar navega,

y, sin moverse, vuela con el viento,

y antes que piense en acercarse, llega.

Quevedo y Villegas.

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