Confesiones de un gilipollas

“Te veo raro”, me dicen los vecinos cuando estos días se cruzan conmigo en el portal. “¿Qué le pasa a tu cara?”, me preguntan los amigos desde hace una semana. Mi mujer también se ha dado cuenta: “Cariño, tu cara, se te ha puesto un poco como de… Bueno, rara…”. No hace falta que me lo digan, ya me veo yo mismo en el espejo: cara de gilipollas, la que se me puso el otro día mientras rellenaba la declaración de la Renta; cara de gilipollas que se me acentuó al entregarla en el banco; y cara de gilipollas que se me está quedando de mármol según pasan los días, con momentos de gilipollez aguda al leer el periódico cada mañana.

La misma cara de gilipollas que le veo a muchos por la calle estos días. Nos cruzamos la mirada, levantamos las cejas como reconociéndonos, “sí, yo también soy un gilipollas”, y luego nos encogemos de hombros y seguimos nuestro camino. Millones de españoles con cara de gilipollas que miramos con inquina a esos otros que no tienen la misma cara sino que, al contrario, van por la calle con cara de listos, y nos dedican una sonrisilla conmiserativa, tipo “ay, pobres gilipollas, pagando impuestos sin hacer ni una trampita, qué pringaos”.

Hace años que la declaración de la Renta me sale a pagar, y mucho. Soy trabajador autónomo, de modo que facturo con sólo un 15% de IRPF por mis trabajos, y luego me toca pagar la diferencia al cumplir con Hacienda. Como mi gilipollez viene de antiguo (aunque estos días tenga más cara de ello que de costumbre), nunca me he buscado ninguno de esos vericuetos que otros emplean para pagar menos (montarte una empresa ficticia, recopilar las facturas de todo el vecindario para desgravarte IVA, ocultar ingresos, etc), así que pago lo que me corresponde, ni un euro menos. Y aunque una vez al año me toca retratarme ante Hacienda y rascarme el bolsillo, no diré que lo hacía con alegría, pero tampoco me molestaba demasiado. Hasta este año.

Para que los ciudadanos paguen impuestos no sólo hace falta obligarlos y amenazarlos con sanciones en caso de no hacerlo. Sobre todo es necesaria pedagogía fiscal, aunque eso suene a chino en un país como este, donde salvo esporádicas campañas institucionales bastante desganadas, nadie nos ha educado como ciudadanos con todos nuestros derechos y deberes. Del mismo modo que somos más bien analfabetos en derechos (y apenas peleamos cuando nos los arrebatan), tampoco estamos muy puestos en deberes, y vemos las obligaciones fiscales sólo como eso: obligaciones, un trago desagradable a evitar en lo posible y a tragar con mala cara cuando no queda otro remedio.

Falto de esa pedagogía fiscal desde las instituciones, en mi caso sí conté con unos padres que me enseñaron a ser buen ciudadano (y a ellos debo también mi cara de gilipollas de estos días, aunque se lo perdono), y sobre todo con un profesor que en el bachillerato dedicaba horas de clase a descuidar los contenidos lectivos y a cambio darnos una espontánea “educación para la ciudadanía”, enseñándonos cosas como qué es una democracia, de dónde vienen nuestros derechos y por qué hay que defenderlos, o para qué sirve el sistema fiscal, para qué pagamos impuestos.

Era la suya una pedagogía que algunos verían ingenua, pero al menos en mi caso fue muy convincente: hasta hoy, cada vez que hacía la declaración de la Renta recordaba los ejemplos tan sencillos como incontestables que nos ponía aquel profesor: “de nuestros impuestos salen los hospitales, los colegios, las carreteras, la ayuda a los necesitados, la educación, parte del coste de los medicamentos para los enfermos, el cuidado de los bosques para prevenir incendios…” Llámenme simplón, pero a mí me funcionaba. Hasta este año al menos.

Este año, según iba rellenando el impreso de la declaración de la Renta, mi cara de ciudadano confiado se iba convirtiendo en esta cara de gilipollas que todavía me dura. Este año los hospitales de mi ensoñación cívica aparecían con quirófanos cerrados, listas de espera crecientes y médicos con el sueldo menguado; los colegios con profesores agotados por más horas de clase y con menos medios; las carreteras con cada vez más agujeros por el menor mantenimiento; los necesitados en la cola del comedor social o rebuscando en la basura; la educación recortada en varios miles de millones, con menos becas y con aumento de tasas universitarias; el coste de los medicamentos alterado por el copago-requetepago; los bosques descuidados y a merced del fuego…

Como sólo con eso no basta para una expresión gilipollesca, como mucho para un bizqueo de lelo y boquiabierto, seguí castigándome mientras avanzaba por los intrincados apartados y casillas del impreso: pensaba que mis impuestos ni siquiera irían ya de manera preferente a aquellos nobles usos que nuestro profesor nos aseguraba: desde la última reforma de la Constitución aprobada al alimón por PP y PSOE, los acreedores de deuda española tienen preferencia sobre cualquier otro gasto público, de modo que en caso de escasez (y en esas andamos) recortaremos de cualquier sitio antes que dejar de pagar un euro a los prestamistas.

A esas alturas ya me colgaba media lengua y se me descolgaba un hilillo de baba sobre la declaración, momento en que, saltando por encima de la dichosa casilla de la iglesia católica (que se seguirá llevando lo suyo, marquemos o no la cruz, como siempre), empecé a pensar en rescates bancarios, entidades nacionalizadas con dinero público no para construir una banca estatal sino para socializar pérdidas y luego devolver las entidades al mercado una vez limpias, avales bancarios por valor de miles de millones, y por último el famoso rescate europeo vía FROB que con un poco de suerte, y si nada se tuerce en esta Europa tan retorcida, acabarán devolviendo los propios bancos, pero sin descartar que en caso de impago nos toque devolverlo a los de siempre.

Mi cara a esas alturas ya era de idiota con galones, pero quedaba el golpe de gracia: justo al llegar a la última página, al tiempo que veía la abultada cantidad resultante que me tocaría ingresar para ponerme al día con el fisco, un ojo se me iba hacia el periódico sobre la mesa, cuya portada me informaba de las facilidades añadidas que Hacienda piensa dar a los defraudadores para que pierdan el miedo a la inspección y se apunten a la amnistía fiscal. Todo facilidades, barra libre, sin preguntas molestas, cobrándoles un pellizquito de nada y pelillos a la mar, a seguir defraudando.

Los inspectores fiscales, que consideran un escándalo la amnistía otorgada por el gobierno a los tramposos, dicen que la recaudación tributaria ha caído considerablemente en los primeros meses del año, dejando de ingresar 3.500 millones que no se explican sólo por la falta de actividad económica: también se deben “al desmoronamiento de la conciencia fiscal de los contribuyentes, derivada en parte de la amnistía fiscal, y a la falta de medios e impulso en la lucha contra el fraude fiscal.”

Difícil encontrar una expresión más acertada: “desmoronamiento de la conciencia fiscal de los contribuyentes”. En efecto, mientras firmaba mi declaración de la Renta, mi conciencia fiscal, aquella que cimentó mi profesor y que ha resistido tantos años, se me desmoronó sobre la mesa hecha pedazos. Y sospecho que me va a costar ponerla en pie otra vez.

El angelito y el demonio que en momentos así se me sientan en los hombros y me susurran cada uno a un oído habían intercambiado de repente los papeles mientras esperaba en la cola del banco para entregar la declaración. Esta vez era el diablo el que llevaba la voz cantante, y hasta parecía que el angelito renunciaba a rebatir sus persuasivos argumentos: “Pero qué haces, panoli, tú aquí pagando tu IRPF, declarando hasta el último euro ganado, y soltando ahora una pasta; mira en cambio todos esos listos, esconden el dinero durante años y ahora lo blanquean pagando una minucia, Hacienda se fía de lo que declaren sin hacer comprobaciones, y por supuesto se van de rositas tras haber delinquido. Alfombra roja, eso sí que es clase, no como tú, mírate en el espejo, panoli.”

En efecto, al salir me miré en el reflejo del escaparate de la sucursal bancaria. Dónde iba yo con esa cara de gilipollas.

(*) Isaac Rosa es escritor y columnista.

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