Archive for the ‘mexicano’ Category

MEXICANO, SER O NO SER.

diciembre 28, 2009

¿ERES O NO ERES?

*EL Mexicano no saluda:
-Te dice que onda guey.

*El Mexicano no se lanza:
-Se avienta.

*El Mexicano no besuquea:
-Faja.

*El Mexicano no molesta:
-Chinga.

*El Mexicano no se baña:
-Se da un regaderazo.

*El Mexicano no se molesta:
-Se encabrona.

*El Mexicano no tiene amigos:
-Tiene carnales.

*El Mexicano no te golpea:
-Te da un putazo.

*El Mexicano no se cae:
-Se da un chingadazo.

*El Mexicano no te ordena:
-Te manda a huevo.

*El Mexicano no sufre de diarrea:
-Le da chorrillo.

*El Mexicano no fracasa:
-La caga.

*El Mexicano no se golpea:
-Se da en la madre.

*El Mexicano no sale corriendo:
-Sale en chinga.

*El Mexicano no toma siestas:
-Se queda jeton.

*El Mexicano no ríe hasta mas no poder:
-Se caga de la risa.

*Para el Mexicano no está difícil:
-¡¡Está cabrón!!

*El Mexicano no va rápido:
-¡¡Va en chinga!!

*El Mexicano no es un tipo tremendo:
-¡Es el mas chingon!!

*El Mexicano no bebe:
-Chupa, Chupa y Chupa hasta que se pone como cola de perro, osea, ‘hasta atràs’ ( es un bebedor de excelencia de Chela y Tequila )

*El mexicano no entra en acción:
-¡Se agarra a madrazos!

*El Mexicano no es listo:
-Es cabron!! (es de clase mundial )

*El Mexicano no pide que lo lleven:
-Pide un aventon!!

*El Mexicano no es un tipo alegre:
-¡¡¡Es de poca madre!!!

*El Mexicano no hace algo muy bien:
-¡Se la rifa!

*El Mexicano no es cualquier persona:
-¡¡Es el más chingón!!

*El Mexicano no es cualquier persona:
-Es MEXICANO!!.

¡¡¡ VIVA M É X I C O CABRONES !!!

EL MEXICANO JOSE EMILIO PACHECO GANA EL CERVANTES

diciembre 24, 2009

El poeta y ensayista mexicano José Emilio Pacheco ha obtenido el Premio Cervantes 2009. La ministra de Cultura, Angeles González-Sinde, anunció el fallo de este galardón que concede anualmente el Ministerio de Cultura y que está dotado con 125.000 euros.

Pacheco se considera a sí mismo “un observador consternado, que opta por la cobardía ante los acontecimientos en su país y en el mundo”, como señaló en junio de este año al ser homenajeado en su 70 cumpleaños.

El autor mexicano afirma que escribir poesía “es una forma de resistencia contra la barbarie” misma que encuentra a diario en una Ciudad de México que es un lugar inhóspito, la perfecta desconocida, como recoge el título ‘A la extranjera’, de su poemario ‘La edad de las tinieblas’ (2009). “Nací en un lugar que se llamaba como éste y ocupaba su espacio. Ahora también en mi suelo natal soy extranjero en tierra extraña. Ya no conozco a nadie ni reconozco nada”, asegura.

José Emilio Pacheco nació en Ciudad de México en junio de 1939. Además de poeta y prosista se ha consagrado también como traductor, trabajando como director y editor de colecciones bibliográficas y diversas publicaciones y suplementos culturales. Ha sido también docente universitario e investigador.

De su obra poética destacan ‘Los elementos de la noche’ en 1963, ‘El reposo del fuego’ en 1966, ‘No me preguntes cómo pasa el tiempo’ en 1969, ‘Irás y no volverás’ en 1973, ‘Islas a la deriva’ en 1976, ‘Desde entonces’ en 1980, ‘Trabajos en el mar’ en 1983 y ‘El silencio de la luna’.

Con motivo de la entrega del Premio Reina Sofía de Poesía este mismo año, dijo que se consideraba “un pesimista, al tiempo que vitalista”, preocupado por la condición humana, que luego vuelca en su poesía, sus narraciones y sus ensayos. “Escribo sobre lo que veo -argumentó- y lo que veo no es para sentirse optimista. Ahora hay un nuevo matiz que no existía antes, una crueldad nueva”, aseguró.

Al respecto se refirió a la violencia que se vive en México, que se ha recrudecido en los últimos años en una guerra que ya no respeta normas ni a las familias de los actores de la misma.”Ahora aparecen los niños quemados vivos o un hombre decapitado al que le sacan los ojos, es monstruoso. Es de una impotencia terrible, yo creo que no soy pesimista, que con los seres humanos me quedé corto”, dijo al respecto.

Aparte del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2009), otros galardones que ha recibido son el Premio Nacional de Periodismo Literario (1980); Premio Nacional a la trayectoria ensayística Malcolm Lowry (1991); Premio Nacional de Lingüística y Literatura (1992); el Iberoamericano de Letras José Donoso (2001); Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2003).

El jurado del Cervantes ha estado presidido por José Antonio Pascual, representante de la Real Academia Española y formado por: Jaime Labastida, representante de la Academia Mexicana de la Lengua; Luis García Montero, propuesto por la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas; María Agueda Méndez, por la Unión de Universidades de América Latina; Soledad Puértolas, por la directora del Instituto Cervantes; Almudena Grandes, por la ministra de Cultura; Pedro García Cuartango, por la Federación de Asociaciones de Periodistas de España; Ana Villarreal, por la Federación Latinoamericana de Periodistas; David Gíes, por la Asociación Internacional de Hispanistas; y Juan Gelman, autor galardonado en la edición 2007. Como secretario ha ejercido Rogelio Blanco, director general del Libro, Archivos y Bibliotecas y como secretaria de actas, Mónica Fernández, subdirectora general de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas.
Fuente: El País

JOSÉ ROSAS MORENO – POETA MEXICANO

enero 9, 2009

JOSÉ ROSAS MORENO
(1838-1883)

Nació en Lagos de Moreno, estado de Jalisco, Cursó
sus estudios primarios en León, Guanajuato, e ingresó
en el colegio de San Gregorio de la ciudad de México.
Abrazó la causa liberal y fue perseguido por sus
opiniones. Después de la restauración republicana
figuró en varios períodos como diputado al Congreso
General. Fundó varios periódicos y desempeñó modestos
puestos públicos. Poeta de tono menor, su lírica
contiene dulzura y apacibilidad, nostalgia y suave
melancolía. Escribió también teatro infantil,
historias de México en verso y libros de lectura
para niñas y para niños. Una buena colección de sus
poemas se publicó en 1891 con el título de “Ramo de
violetas” con prólogo de Altamirano.
“La vuelta a la aldea” es uno de los últimos textos
plenamente románticos e indica algo de lo mucho que
suscitó la lectura de Becquer en los poetas mexicanos..
Además de poeta lírico fue uno de los que cultivaron
el drama con sentida preocupación artística.

A Rosas Moreno se le ha llamado “El poeta de la niñez”.
Conceptuándolo como el mejor fabulista mexicano; sus
apólogos son los más notables que se han escrito
en México.

Alumno del colegio de San Gregorio, periodista
liberal, diputado y autor de las mejores fábulas
mexicanas ( 1872), Rosas Moreno escribió también
teatro infantil, historias de México en verso y
libros de lectura para niñas y para niños. En
una época de olvido y desprecio para su obra
estrenó una pieza sobre Sor Juana Inés de la Cruz
(1876). Sus mejores poemas se publicaron
póstumamente en “Ramo de violetas” (1891) con
prólogo de Altamirano. “La vuelta a la aldea” es
uno de los últimos textos plenamente románticos
e indica algo de lo mucho que suscitó la lectura
de Becquer en los poetas mexicanos. Por esta página
Rosas Moreno figura siempre y merecidamente,
en las antologías del Siglo XIX.

¡QUIÉN PUDIERA VIVIR SIEMPRE SOÑANDO!

Es la existencia un cielo,
cuando el alma soñando embelesada,
con amoroso anhelo,
en los ángeles fija su mirada.
¡Feliz el alma que a la tierra olvida
para vivir gozando!
¡Quién pudiera olvidarse de la vida!
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

En esa estrecha y mísera morada
es un sueño engañoso la alegría;
la gloria es humo y nada
y el más ardiente amor gloria de un día.
Afán eterno al corazón destroza
cuando los sueños ¡ay! nos van dejando.
Sólo el que sueña goza.
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

De su misión se olvidan las mujeres,
los hombres viven en perpetua guerra;
no hay amistad, ni dicha, ni placeres;
todo es mentira ya sobre la tierra.
Suspira el corazón inútilmente . . .
la existencia que voy atravesando
es hermosa entre sueños solamente.
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

Sin mirar el semblante a la tristeza,
pasé de la niñez a la dulce aurora,
contemplando entre sueños la belleza
de ardiente juventud fascinadora.
Pero ¡ay! se disipó mi sueño hermoso,
y desde entonces siempre estoy llorando
porque sólo el que sueña es venturoso.
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

EL VALLE DE MI INFANCIA

Salud, ¡oh valle hermoso!
Albergue de placer, donde dichoso
entre sueños espléndidos de amores,
vi deslizarse un día,
cual se desliza el agua entre las flores,
los dulces años de la infancia mía.

Valle umbroso, salud: hoy el viajero
tu abrigo lisonjero
busca ansioso con ávida mirada,
bendice la quietud de tus vergeles,
y reclina su frente ensangrentada
a la sombra feliz de tus laureles.

Aquí esta la montaña, allí está el río;
allá del bosque umbrío
la silenciosa majestad se admira;
allí el lago retrata el firmamento;
la fuente, más allá, lenta suspira,
y agitando los sauces gime el viento.

Allí la cruz está donde, inspirado,
el bien del desgraciado
imploraba con místico cariño,
elevando a los cíelos mis plegarias,
y estas agrestes rocas solitarias
las mismas son que amé cuando era niño.

Pero es otro el rocío, otra la brisa
que hoy el abril te da con su sonrisa;
otras las rosas son de encanto llenas
que brillan entre el césped de tu alfombra,
y otras, y otras también las azucenas
que crecen a tu sombra.

Cual las olas que pasan suspirando
los años van pasando;
un instante con flores se embellecen,
un punto brilla su fulgor mentido,
y al fin se desvanecen
en las oscuras sombras del olvido.

¿En dónde están ahora aquellas rosas
tan puras, tan hermosas?…
Están, ¡oh valle!, donde está la calma
de aquellos bellos días tan risueños;
en donde está mi amor, gloria del alma,
y en donde están también mis dulces sueños.

Yo era feliz aquí; yo me adormía
en plácida alegría,
por la dulce inocencia acariciado,
sin más amor que tú, sin otro anhelo
que amar tus flores y cruzar tu prado,
cantar tus fuentes y mirar tu cielo.

Una tarde las aves se alejaban,
y al ver como volaban,
sentí el alma agitarse en ansias locas
y quise, como el águila atrevida,
cruzar las selvas, dominar las rocas,
y aspirar otro ambiente y otra vida:

Y al huracán seguí; y al ver el mundo
sentí en el corazón horror profundo;
anhelé las tranquilas soledades
donde feliz reía,
y sentí que mi espíritu oprimía
la atmósfera letal de las ciudades.

Gozo y placer busqué, gloria y ventura;
y sólo hallé amargura,
inquietudes y afán, tedio y congojas;
del viento del dolor al soplo ardiente,
cual de tus bellos árboles las hojas,
se secó la guirnalda de mi frente.

En vano allí busqué la dulce calma
y el casto amor del alma:

sólo en la multitud con mis pesares
me confundí gimiendo,
y apagóse perdido entre el estruendo
el tímido rumor de mis cantares.

Esquivando el furor de la tormenta,
cual ave voy que el huracán ahuyenta,
y ansioso busco ahora
en tu silencio plácido y tranquilo,
el apacible asilo
donde al menos en paz el alma llora.
También, ¡oh valle!, a marchitar tus galas
la airada tempestad tiende sus alas;
tus flores huella y con furor se agita
marchitando sus vívidos colores…
¡Dichosas esas flores
que el huracán marchita!

Lejos contemplo ya la infancia mía,
y muy lejos la tumba todavía;
oculto afán me mata,
mi destino en la tierra es muy incierto,
y lúgubre a mi vista se dilata
inmenso el porvenir como un desierto.

Sin oír una voz dulce y querida,
solo estoy en el valle de la vida,
cual el ciprés doliente
que en eterno abandono se consume,
sin guirnaldas de hiedras en su frente,
sin que le dé una flor grato perfume.

Nadie piensa en mi amor, nadie me mira,
nadie por mí suspira;
tan sólo la tristeza con mis dolores gime,
y entre sus brazos trémula me oprime
y reclina en su seno mi cabeza.

E1 alma ardiente que en mi afán seguía
dulce hermana inmortal del alma mía,
me niega su ternura,
y sin oír mi queja,
insensible a mi amarga desventura,
sin enjugar mis lágrimas se aleja.
Ya que en vano la llamo cariñoso
para cruzar con ella el bosque umbroso,
para contarle amante mi querella
y dividir con ella mi alegría,
para soñar con ella
esta sombra de amor que dura un día.

A lo mejor gozar el alma quiere
en el sueño ideal que nunca muere,
del infinito anhelo
en que Dios le revela su destino,
la esperanza feliz del bien divino
con que existen las almas en el cielo.

Aquí morir quisiera
al rumor de tu brisa lisonjera;
pero ¡ay! delirio, mi ansiedad es vana
y el soplo sigo del destino airado…
¡Quién sabe en dónde me hallaré mañana!
¡Quién sabe en dónde moriré ignorado!

Queda en paz, dulce valle, umbroso asilo,
donde existe tranquilo,
plácido albergue de mi amor primero.
Ya va el sol ocultando sus fulgores,
y adiós te dice el infeliz viajero
empapando en sus lágrimas tus flores.

La vuelta de la aldea

Ya el sol oculta su radiosa frente;
Melancólico brilla en occidente
Su tímido esplendor;
Ya en las selvas la noche inquieta vaga
Y entre las brisas lánguido se apaga
El último cantar del ruiseñor.

¡Cuánto gozo escuchando embelesado
ese tímido acento apasionado
que en mi niñez oí!
Al ver de lejos la arboleda umbrosa
¡cuál recuerdo, en la tarde silenciosa,
la dicha que perdí!

Aquí al son de las aguas bullidoras,
De mi dulce niñez las dulces horas
Dichoso vi pasar,
Y aquí mil veces, al morir el día
Vine amante después de mi alegría
Dulces sueños de amor a recordar.

Ese sauce, ese fuente, esa enramada,
De una efímera gloria ya eclipsada
Mudos testigos son:
Cada árbol, cada flor, guarda una historia
De amor y placer, cuya memoria
Entristece y halaga el corazón.

Aquí está la montaña, allí está el río;
A mi vista se extiende el bosque umbrío
Donde mi dicha fue.
¡cuántas veces aquí con mis pesares
vine a exhalar de amor tristes cantares!
¡Cuánto de amor lloré!

Acá la calle solitaria; en ella
De mi paso en los céspedes la huella
El tiempo ya borró.
Allá la casa donde entrar solía
De mi padre en la dulce compañía.
¡Y hoy entro en su recinto sólo yo!

Desde esa fuente, por la vez primera,
Una hermosa mañana, la ribera
A Laura vi cruzar,
Y de aquella arboleda en la espesura,
Una tarde de mayo, con ternura
Una pálida flor me dio al pasar.

Todo era entonces para mi risueño;
Mas la dicha en la vida es sólo un sueño,
Y un sueño fue mi amor.

Cual eclipsa una nube al rey del día,
La desgracia eclipsó la dicha mía
En su primer fulgor.

Desatóse estruendoso el torbellino,
Al fin airado me arrojó el destino
De mi natal ciudad.

Así cuando es feliz entre sus flores
¡ay del nido en que canta sus amores
arroja al ruiseñor la tempestad.

Errante y sin amor siempre he vivido;
Siempre errante en las sombras del olvido…
¡Cuán desgraciado soy!
Mas la suerte conmigo es hoy piadosa;
Ha escuchado mi queja cariñosa,
Y aquí otra vez estoy.

No se, ni espero, ni ambiciono nada;
Triste suspira el alma destrozada
Sus ilusiones ya:
Mañana alumbrará la selva umbría
La luz del nuevo sol, y la alegría
¡jamás al corazón alumbrará!

Cual hoy, la tarde en que partí doliente,
Triste el sol derramaba en occidente
Su moribunda luz:
Suspiraba la brisa en la laguna
Y alumbraban los rayos de la luna
La solitaria cruz.

Tranquilo el río reflejaba al cielo,
Y una nube pasaba en blando vuelo
Cual pasa la ilusión;
Cantaba el labrador en su cabaña,
Y el eco repetía en la montaña
La misteriosa voz de la oración.

Aquí está la montaña, allí está el río…
Mas ¿dónde está mi fe? ¿Dónde, Dios mío,
Dónde mi amor está?

Volvieron al vergel brisas y flores,
Volvieron otra vez los ruiseñores…
Mi amor no volverá.

¿De qué me sirven, en mi amargo duelo,
de los bosques los lirios, y del cielo
el mágico arrebol;
el rumor de los céfiros suaves
y el armonioso canto de las aves,
si ha muerto ya de mi esperanza el sol?

Del arroyo en las márgenes umbrías
No miro ahora, como en otros días,
A Laura sonreír.
¡Ay! En vano la busco, en vano lloro;
ardiente en vano su piedad imploro:
¡jamás ha de venir!.

JOSÉ ROSAS MORENO – POETA MEXICANO

enero 9, 2009

JOSÉ ROSAS MORENO
(1838-1883)

Nació en Lagos de Moreno, estado de Jalisco, Cursó
sus estudios primarios en León, Guanajuato, e ingresó
en el colegio de San Gregorio de la ciudad de México.
Abrazó la causa liberal y fue perseguido por sus
opiniones. Después de la restauración republicana
figuró en varios períodos como diputado al Congreso
General. Fundó varios periódicos y desempeñó modestos
puestos públicos. Poeta de tono menor, su lírica
contiene dulzura y apacibilidad, nostalgia y suave
melancolía. Escribió también teatro infantil,
historias de México en verso y libros de lectura
para niñas y para niños. Una buena colección de sus
poemas se publicó en 1891 con el título de “Ramo de
violetas” con prólogo de Altamirano.
“La vuelta a la aldea” es uno de los últimos textos
plenamente románticos e indica algo de lo mucho que
suscitó la lectura de Becquer en los poetas mexicanos..
Además de poeta lírico fue uno de los que cultivaron
el drama con sentida preocupación artística.

A Rosas Moreno se le ha llamado “El poeta de la niñez”.
Conceptuándolo como el mejor fabulista mexicano; sus
apólogos son los más notables que se han escrito
en México.

Alumno del colegio de San Gregorio, periodista
liberal, diputado y autor de las mejores fábulas
mexicanas ( 1872), Rosas Moreno escribió también
teatro infantil, historias de México en verso y
libros de lectura para niñas y para niños. En
una época de olvido y desprecio para su obra
estrenó una pieza sobre Sor Juana Inés de la Cruz
(1876). Sus mejores poemas se publicaron
póstumamente en “Ramo de violetas” (1891) con
prólogo de Altamirano. “La vuelta a la aldea” es
uno de los últimos textos plenamente románticos
e indica algo de lo mucho que suscitó la lectura
de Becquer en los poetas mexicanos. Por esta página
Rosas Moreno figura siempre y merecidamente,
en las antologías del Siglo XIX.

¡QUIÉN PUDIERA VIVIR SIEMPRE SOÑANDO!

Es la existencia un cielo,
cuando el alma soñando embelesada,
con amoroso anhelo,
en los ángeles fija su mirada.
¡Feliz el alma que a la tierra olvida
para vivir gozando!
¡Quién pudiera olvidarse de la vida!
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

En esa estrecha y mísera morada
es un sueño engañoso la alegría;
la gloria es humo y nada
y el más ardiente amor gloria de un día.
Afán eterno al corazón destroza
cuando los sueños ¡ay! nos van dejando.
Sólo el que sueña goza.
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

De su misión se olvidan las mujeres,
los hombres viven en perpetua guerra;
no hay amistad, ni dicha, ni placeres;
todo es mentira ya sobre la tierra.
Suspira el corazón inútilmente . . .
la existencia que voy atravesando
es hermosa entre sueños solamente.
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

Sin mirar el semblante a la tristeza,
pasé de la niñez a la dulce aurora,
contemplando entre sueños la belleza
de ardiente juventud fascinadora.
Pero ¡ay! se disipó mi sueño hermoso,
y desde entonces siempre estoy llorando
porque sólo el que sueña es venturoso.
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

EL VALLE DE MI INFANCIA

Salud, ¡oh valle hermoso!
Albergue de placer, donde dichoso
entre sueños espléndidos de amores,
vi deslizarse un día,
cual se desliza el agua entre las flores,
los dulces años de la infancia mía.

Valle umbroso, salud: hoy el viajero
tu abrigo lisonjero
busca ansioso con ávida mirada,
bendice la quietud de tus vergeles,
y reclina su frente ensangrentada
a la sombra feliz de tus laureles.

Aquí esta la montaña, allí está el río;
allá del bosque umbrío
la silenciosa majestad se admira;
allí el lago retrata el firmamento;
la fuente, más allá, lenta suspira,
y agitando los sauces gime el viento.

Allí la cruz está donde, inspirado,
el bien del desgraciado
imploraba con místico cariño,
elevando a los cíelos mis plegarias,
y estas agrestes rocas solitarias
las mismas son que amé cuando era niño.

Pero es otro el rocío, otra la brisa
que hoy el abril te da con su sonrisa;
otras las rosas son de encanto llenas
que brillan entre el césped de tu alfombra,
y otras, y otras también las azucenas
que crecen a tu sombra.

Cual las olas que pasan suspirando
los años van pasando;
un instante con flores se embellecen,
un punto brilla su fulgor mentido,
y al fin se desvanecen
en las oscuras sombras del olvido.

¿En dónde están ahora aquellas rosas
tan puras, tan hermosas?…
Están, ¡oh valle!, donde está la calma
de aquellos bellos días tan risueños;
en donde está mi amor, gloria del alma,
y en donde están también mis dulces sueños.

Yo era feliz aquí; yo me adormía
en plácida alegría,
por la dulce inocencia acariciado,
sin más amor que tú, sin otro anhelo
que amar tus flores y cruzar tu prado,
cantar tus fuentes y mirar tu cielo.

Una tarde las aves se alejaban,
y al ver como volaban,
sentí el alma agitarse en ansias locas
y quise, como el águila atrevida,
cruzar las selvas, dominar las rocas,
y aspirar otro ambiente y otra vida:

Y al huracán seguí; y al ver el mundo
sentí en el corazón horror profundo;
anhelé las tranquilas soledades
donde feliz reía,
y sentí que mi espíritu oprimía
la atmósfera letal de las ciudades.

Gozo y placer busqué, gloria y ventura;
y sólo hallé amargura,
inquietudes y afán, tedio y congojas;
del viento del dolor al soplo ardiente,
cual de tus bellos árboles las hojas,
se secó la guirnalda de mi frente.

En vano allí busqué la dulce calma
y el casto amor del alma:

sólo en la multitud con mis pesares
me confundí gimiendo,
y apagóse perdido entre el estruendo
el tímido rumor de mis cantares.

Esquivando el furor de la tormenta,
cual ave voy que el huracán ahuyenta,
y ansioso busco ahora
en tu silencio plácido y tranquilo,
el apacible asilo
donde al menos en paz el alma llora.
También, ¡oh valle!, a marchitar tus galas
la airada tempestad tiende sus alas;
tus flores huella y con furor se agita
marchitando sus vívidos colores…
¡Dichosas esas flores
que el huracán marchita!

Lejos contemplo ya la infancia mía,
y muy lejos la tumba todavía;
oculto afán me mata,
mi destino en la tierra es muy incierto,
y lúgubre a mi vista se dilata
inmenso el porvenir como un desierto.

Sin oír una voz dulce y querida,
solo estoy en el valle de la vida,
cual el ciprés doliente
que en eterno abandono se consume,
sin guirnaldas de hiedras en su frente,
sin que le dé una flor grato perfume.

Nadie piensa en mi amor, nadie me mira,
nadie por mí suspira;
tan sólo la tristeza con mis dolores gime,
y entre sus brazos trémula me oprime
y reclina en su seno mi cabeza.

E1 alma ardiente que en mi afán seguía
dulce hermana inmortal del alma mía,
me niega su ternura,
y sin oír mi queja,
insensible a mi amarga desventura,
sin enjugar mis lágrimas se aleja.
Ya que en vano la llamo cariñoso
para cruzar con ella el bosque umbroso,
para contarle amante mi querella
y dividir con ella mi alegría,
para soñar con ella
esta sombra de amor que dura un día.

A lo mejor gozar el alma quiere
en el sueño ideal que nunca muere,
del infinito anhelo
en que Dios le revela su destino,
la esperanza feliz del bien divino
con que existen las almas en el cielo.

Aquí morir quisiera
al rumor de tu brisa lisonjera;
pero ¡ay! delirio, mi ansiedad es vana
y el soplo sigo del destino airado…
¡Quién sabe en dónde me hallaré mañana!
¡Quién sabe en dónde moriré ignorado!

Queda en paz, dulce valle, umbroso asilo,
donde existe tranquilo,
plácido albergue de mi amor primero.
Ya va el sol ocultando sus fulgores,
y adiós te dice el infeliz viajero
empapando en sus lágrimas tus flores.

La vuelta de la aldea

Ya el sol oculta su radiosa frente;
Melancólico brilla en occidente
Su tímido esplendor;
Ya en las selvas la noche inquieta vaga
Y entre las brisas lánguido se apaga
El último cantar del ruiseñor.

¡Cuánto gozo escuchando embelesado
ese tímido acento apasionado
que en mi niñez oí!
Al ver de lejos la arboleda umbrosa
¡cuál recuerdo, en la tarde silenciosa,
la dicha que perdí!

Aquí al son de las aguas bullidoras,
De mi dulce niñez las dulces horas
Dichoso vi pasar,
Y aquí mil veces, al morir el día
Vine amante después de mi alegría
Dulces sueños de amor a recordar.

Ese sauce, ese fuente, esa enramada,
De una efímera gloria ya eclipsada
Mudos testigos son:
Cada árbol, cada flor, guarda una historia
De amor y placer, cuya memoria
Entristece y halaga el corazón.

Aquí está la montaña, allí está el río;
A mi vista se extiende el bosque umbrío
Donde mi dicha fue.
¡cuántas veces aquí con mis pesares
vine a exhalar de amor tristes cantares!
¡Cuánto de amor lloré!

Acá la calle solitaria; en ella
De mi paso en los céspedes la huella
El tiempo ya borró.
Allá la casa donde entrar solía
De mi padre en la dulce compañía.
¡Y hoy entro en su recinto sólo yo!

Desde esa fuente, por la vez primera,
Una hermosa mañana, la ribera
A Laura vi cruzar,
Y de aquella arboleda en la espesura,
Una tarde de mayo, con ternura
Una pálida flor me dio al pasar.

Todo era entonces para mi risueño;
Mas la dicha en la vida es sólo un sueño,
Y un sueño fue mi amor.

Cual eclipsa una nube al rey del día,
La desgracia eclipsó la dicha mía
En su primer fulgor.

Desatóse estruendoso el torbellino,
Al fin airado me arrojó el destino
De mi natal ciudad.

Así cuando es feliz entre sus flores
¡ay del nido en que canta sus amores
arroja al ruiseñor la tempestad.

Errante y sin amor siempre he vivido;
Siempre errante en las sombras del olvido…
¡Cuán desgraciado soy!
Mas la suerte conmigo es hoy piadosa;
Ha escuchado mi queja cariñosa,
Y aquí otra vez estoy.

No se, ni espero, ni ambiciono nada;
Triste suspira el alma destrozada
Sus ilusiones ya:
Mañana alumbrará la selva umbría
La luz del nuevo sol, y la alegría
¡jamás al corazón alumbrará!

Cual hoy, la tarde en que partí doliente,
Triste el sol derramaba en occidente
Su moribunda luz:
Suspiraba la brisa en la laguna
Y alumbraban los rayos de la luna
La solitaria cruz.

Tranquilo el río reflejaba al cielo,
Y una nube pasaba en blando vuelo
Cual pasa la ilusión;
Cantaba el labrador en su cabaña,
Y el eco repetía en la montaña
La misteriosa voz de la oración.

Aquí está la montaña, allí está el río…
Mas ¿dónde está mi fe? ¿Dónde, Dios mío,
Dónde mi amor está?

Volvieron al vergel brisas y flores,
Volvieron otra vez los ruiseñores…
Mi amor no volverá.

¿De qué me sirven, en mi amargo duelo,
de los bosques los lirios, y del cielo
el mágico arrebol;
el rumor de los céfiros suaves
y el armonioso canto de las aves,
si ha muerto ya de mi esperanza el sol?

Del arroyo en las márgenes umbrías
No miro ahora, como en otros días,
A Laura sonreír.
¡Ay! En vano la busco, en vano lloro;
ardiente en vano su piedad imploro:
¡jamás ha de venir!.

JOSÉ ROSAS MORENO – POETA MEXICANO

enero 9, 2009

JOSÉ ROSAS MORENO
(1838-1883)

Nació en Lagos de Moreno, estado de Jalisco, Cursó
sus estudios primarios en León, Guanajuato, e ingresó
en el colegio de San Gregorio de la ciudad de México.
Abrazó la causa liberal y fue perseguido por sus
opiniones. Después de la restauración republicana
figuró en varios períodos como diputado al Congreso
General. Fundó varios periódicos y desempeñó modestos
puestos públicos. Poeta de tono menor, su lírica
contiene dulzura y apacibilidad, nostalgia y suave
melancolía. Escribió también teatro infantil,
historias de México en verso y libros de lectura
para niñas y para niños. Una buena colección de sus
poemas se publicó en 1891 con el título de “Ramo de
violetas” con prólogo de Altamirano.
“La vuelta a la aldea” es uno de los últimos textos
plenamente románticos e indica algo de lo mucho que
suscitó la lectura de Becquer en los poetas mexicanos..
Además de poeta lírico fue uno de los que cultivaron
el drama con sentida preocupación artística.

A Rosas Moreno se le ha llamado “El poeta de la niñez”.
Conceptuándolo como el mejor fabulista mexicano; sus
apólogos son los más notables que se han escrito
en México.

Alumno del colegio de San Gregorio, periodista
liberal, diputado y autor de las mejores fábulas
mexicanas ( 1872), Rosas Moreno escribió también
teatro infantil, historias de México en verso y
libros de lectura para niñas y para niños. En
una época de olvido y desprecio para su obra
estrenó una pieza sobre Sor Juana Inés de la Cruz
(1876). Sus mejores poemas se publicaron
póstumamente en “Ramo de violetas” (1891) con
prólogo de Altamirano. “La vuelta a la aldea” es
uno de los últimos textos plenamente románticos
e indica algo de lo mucho que suscitó la lectura
de Becquer en los poetas mexicanos. Por esta página
Rosas Moreno figura siempre y merecidamente,
en las antologías del Siglo XIX.

¡QUIÉN PUDIERA VIVIR SIEMPRE SOÑANDO!

Es la existencia un cielo,
cuando el alma soñando embelesada,
con amoroso anhelo,
en los ángeles fija su mirada.
¡Feliz el alma que a la tierra olvida
para vivir gozando!
¡Quién pudiera olvidarse de la vida!
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

En esa estrecha y mísera morada
es un sueño engañoso la alegría;
la gloria es humo y nada
y el más ardiente amor gloria de un día.
Afán eterno al corazón destroza
cuando los sueños ¡ay! nos van dejando.
Sólo el que sueña goza.
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

De su misión se olvidan las mujeres,
los hombres viven en perpetua guerra;
no hay amistad, ni dicha, ni placeres;
todo es mentira ya sobre la tierra.
Suspira el corazón inútilmente . . .
la existencia que voy atravesando
es hermosa entre sueños solamente.
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

Sin mirar el semblante a la tristeza,
pasé de la niñez a la dulce aurora,
contemplando entre sueños la belleza
de ardiente juventud fascinadora.
Pero ¡ay! se disipó mi sueño hermoso,
y desde entonces siempre estoy llorando
porque sólo el que sueña es venturoso.
¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

EL VALLE DE MI INFANCIA

Salud, ¡oh valle hermoso!
Albergue de placer, donde dichoso
entre sueños espléndidos de amores,
vi deslizarse un día,
cual se desliza el agua entre las flores,
los dulces años de la infancia mía.

Valle umbroso, salud: hoy el viajero
tu abrigo lisonjero
busca ansioso con ávida mirada,
bendice la quietud de tus vergeles,
y reclina su frente ensangrentada
a la sombra feliz de tus laureles.

Aquí esta la montaña, allí está el río;
allá del bosque umbrío
la silenciosa majestad se admira;
allí el lago retrata el firmamento;
la fuente, más allá, lenta suspira,
y agitando los sauces gime el viento.

Allí la cruz está donde, inspirado,
el bien del desgraciado
imploraba con místico cariño,
elevando a los cíelos mis plegarias,
y estas agrestes rocas solitarias
las mismas son que amé cuando era niño.

Pero es otro el rocío, otra la brisa
que hoy el abril te da con su sonrisa;
otras las rosas son de encanto llenas
que brillan entre el césped de tu alfombra,
y otras, y otras también las azucenas
que crecen a tu sombra.

Cual las olas que pasan suspirando
los años van pasando;
un instante con flores se embellecen,
un punto brilla su fulgor mentido,
y al fin se desvanecen
en las oscuras sombras del olvido.

¿En dónde están ahora aquellas rosas
tan puras, tan hermosas?…
Están, ¡oh valle!, donde está la calma
de aquellos bellos días tan risueños;
en donde está mi amor, gloria del alma,
y en donde están también mis dulces sueños.

Yo era feliz aquí; yo me adormía
en plácida alegría,
por la dulce inocencia acariciado,
sin más amor que tú, sin otro anhelo
que amar tus flores y cruzar tu prado,
cantar tus fuentes y mirar tu cielo.

Una tarde las aves se alejaban,
y al ver como volaban,
sentí el alma agitarse en ansias locas
y quise, como el águila atrevida,
cruzar las selvas, dominar las rocas,
y aspirar otro ambiente y otra vida:

Y al huracán seguí; y al ver el mundo
sentí en el corazón horror profundo;
anhelé las tranquilas soledades
donde feliz reía,
y sentí que mi espíritu oprimía
la atmósfera letal de las ciudades.

Gozo y placer busqué, gloria y ventura;
y sólo hallé amargura,
inquietudes y afán, tedio y congojas;
del viento del dolor al soplo ardiente,
cual de tus bellos árboles las hojas,
se secó la guirnalda de mi frente.

En vano allí busqué la dulce calma
y el casto amor del alma:

sólo en la multitud con mis pesares
me confundí gimiendo,
y apagóse perdido entre el estruendo
el tímido rumor de mis cantares.

Esquivando el furor de la tormenta,
cual ave voy que el huracán ahuyenta,
y ansioso busco ahora
en tu silencio plácido y tranquilo,
el apacible asilo
donde al menos en paz el alma llora.
También, ¡oh valle!, a marchitar tus galas
la airada tempestad tiende sus alas;
tus flores huella y con furor se agita
marchitando sus vívidos colores…
¡Dichosas esas flores
que el huracán marchita!

Lejos contemplo ya la infancia mía,
y muy lejos la tumba todavía;
oculto afán me mata,
mi destino en la tierra es muy incierto,
y lúgubre a mi vista se dilata
inmenso el porvenir como un desierto.

Sin oír una voz dulce y querida,
solo estoy en el valle de la vida,
cual el ciprés doliente
que en eterno abandono se consume,
sin guirnaldas de hiedras en su frente,
sin que le dé una flor grato perfume.

Nadie piensa en mi amor, nadie me mira,
nadie por mí suspira;
tan sólo la tristeza con mis dolores gime,
y entre sus brazos trémula me oprime
y reclina en su seno mi cabeza.

E1 alma ardiente que en mi afán seguía
dulce hermana inmortal del alma mía,
me niega su ternura,
y sin oír mi queja,
insensible a mi amarga desventura,
sin enjugar mis lágrimas se aleja.
Ya que en vano la llamo cariñoso
para cruzar con ella el bosque umbroso,
para contarle amante mi querella
y dividir con ella mi alegría,
para soñar con ella
esta sombra de amor que dura un día.

A lo mejor gozar el alma quiere
en el sueño ideal que nunca muere,
del infinito anhelo
en que Dios le revela su destino,
la esperanza feliz del bien divino
con que existen las almas en el cielo.

Aquí morir quisiera
al rumor de tu brisa lisonjera;
pero ¡ay! delirio, mi ansiedad es vana
y el soplo sigo del destino airado…
¡Quién sabe en dónde me hallaré mañana!
¡Quién sabe en dónde moriré ignorado!

Queda en paz, dulce valle, umbroso asilo,
donde existe tranquilo,
plácido albergue de mi amor primero.
Ya va el sol ocultando sus fulgores,
y adiós te dice el infeliz viajero
empapando en sus lágrimas tus flores.

La vuelta de la aldea

Ya el sol oculta su radiosa frente;
Melancólico brilla en occidente
Su tímido esplendor;
Ya en las selvas la noche inquieta vaga
Y entre las brisas lánguido se apaga
El último cantar del ruiseñor.

¡Cuánto gozo escuchando embelesado
ese tímido acento apasionado
que en mi niñez oí!
Al ver de lejos la arboleda umbrosa
¡cuál recuerdo, en la tarde silenciosa,
la dicha que perdí!

Aquí al son de las aguas bullidoras,
De mi dulce niñez las dulces horas
Dichoso vi pasar,
Y aquí mil veces, al morir el día
Vine amante después de mi alegría
Dulces sueños de amor a recordar.

Ese sauce, ese fuente, esa enramada,
De una efímera gloria ya eclipsada
Mudos testigos son:
Cada árbol, cada flor, guarda una historia
De amor y placer, cuya memoria
Entristece y halaga el corazón.

Aquí está la montaña, allí está el río;
A mi vista se extiende el bosque umbrío
Donde mi dicha fue.
¡cuántas veces aquí con mis pesares
vine a exhalar de amor tristes cantares!
¡Cuánto de amor lloré!

Acá la calle solitaria; en ella
De mi paso en los céspedes la huella
El tiempo ya borró.
Allá la casa donde entrar solía
De mi padre en la dulce compañía.
¡Y hoy entro en su recinto sólo yo!

Desde esa fuente, por la vez primera,
Una hermosa mañana, la ribera
A Laura vi cruzar,
Y de aquella arboleda en la espesura,
Una tarde de mayo, con ternura
Una pálida flor me dio al pasar.

Todo era entonces para mi risueño;
Mas la dicha en la vida es sólo un sueño,
Y un sueño fue mi amor.

Cual eclipsa una nube al rey del día,
La desgracia eclipsó la dicha mía
En su primer fulgor.

Desatóse estruendoso el torbellino,
Al fin airado me arrojó el destino
De mi natal ciudad.

Así cuando es feliz entre sus flores
¡ay del nido en que canta sus amores
arroja al ruiseñor la tempestad.

Errante y sin amor siempre he vivido;
Siempre errante en las sombras del olvido…
¡Cuán desgraciado soy!
Mas la suerte conmigo es hoy piadosa;
Ha escuchado mi queja cariñosa,
Y aquí otra vez estoy.

No se, ni espero, ni ambiciono nada;
Triste suspira el alma destrozada
Sus ilusiones ya:
Mañana alumbrará la selva umbría
La luz del nuevo sol, y la alegría
¡jamás al corazón alumbrará!

Cual hoy, la tarde en que partí doliente,
Triste el sol derramaba en occidente
Su moribunda luz:
Suspiraba la brisa en la laguna
Y alumbraban los rayos de la luna
La solitaria cruz.

Tranquilo el río reflejaba al cielo,
Y una nube pasaba en blando vuelo
Cual pasa la ilusión;
Cantaba el labrador en su cabaña,
Y el eco repetía en la montaña
La misteriosa voz de la oración.

Aquí está la montaña, allí está el río…
Mas ¿dónde está mi fe? ¿Dónde, Dios mío,
Dónde mi amor está?

Volvieron al vergel brisas y flores,
Volvieron otra vez los ruiseñores…
Mi amor no volverá.

¿De qué me sirven, en mi amargo duelo,
de los bosques los lirios, y del cielo
el mágico arrebol;
el rumor de los céfiros suaves
y el armonioso canto de las aves,
si ha muerto ya de mi esperanza el sol?

Del arroyo en las márgenes umbrías
No miro ahora, como en otros días,
A Laura sonreír.
¡Ay! En vano la busco, en vano lloro;
ardiente en vano su piedad imploro:
¡jamás ha de venir!.